17 feb. 2015

La Mariposa Clavada

Giacomo Puccini
Febrero de 1904. En el Teatro de La Scala de Milán, acaba de finalizar el último ensayo de la ópera Madama Butterfly. La orquesta, puesta en pie, ovaciona de manera entusiasta a su autor, expresando así su satisfacción ante una obra que considera de enorme calidad y de la que su compositor, Giacomo Puccini, está seguro de su éxito. El reparto es extraordinario: Rosina Storchio en el papel de Butterfly; para Pinkerton, se ha elegido a Giovanni Zenatello y Giuseppe de Luca interpreta al cónsul Sharpless; todos ellos dirigidos bajo la batuta de Cleofonte Campanini. No se han escatimado gastos en nada, incluida una puesta en escena espectacular. 
El 17 de febrero, tal y como se tenía pensado, es el día del estreno. Suenan los primeros acordes, se abre el telón y de pronto… ¡Pobre Puccini! Tanto trabajo, tanta pasión, tantas ilusiones…, se vienen abajo en un instante. En el patio de butacas empieza a desarrollarse otro tipo de representación, esta otra, la de un drama real que, tan cruel como la de aquel otro que transcurre en el escenario, parece incluso interactuar con el mismo. Butterfly estaba sentenciada antes de que ella misma decidiera quitarse la vida y Puccini, condenado antes de que los primeros sonidos musicales llenaran la sala. Las envidias profesionales y editoriales, incapaces de soportar un nuevo éxito del compositor, decidieron ajusticiarlo, ayudándose también del buen trabajo llevado a cabo por la claque que consiguieron que la ópera fuera inaudible. La crítica, que no estaba preparada para escuchar un lenguaje armónico tan novedoso, tampoco sale en defensa del Maestro, que atónito, apenas da crédito a lo que está sucediendo. Terminada la velada de La Scala, ya en casa, Puccini, recordando las palabras de Butterfly que tanto en el drama como en la vida real se han convertido en premonitorias, escribe en el programa del estreno: Rinnegata e felice! Es así como se siente. En esta tesitura, escribe a Camilo Bondi “Con el ánimo triste, pero imperturbable, tengo que comunicarte que he sido linchado. Estos caníbales no escucharon ni una sola nota. ¡Qué orgía de espantosa locura, llena de odio! Pero mi Butterfly sigue siendo lo que es: la ópera más sentida y más expresiva que he escrito”. Puccini, a pesar de todo, está seguro de un trabajo que le ocupó más de tres años. Sabe que la música que adorna al libreto que en italiano escribieran Giuseppe Giacosa y Luigi Illica, es excepcional; y es consciente de que ha escrito una nueva página en la Historia de la Música. Convencido de la calidad de su composición y no dudando, ni un momento, del éxito final de la misma, con ligeros cambios, tres meses más tarde, Madama Butterfly volverá a estrenarse en el Teatro Grande de Brescia con plena aceptación por parte de un público que, en esta ocasión, aclama al compositor.

Madama Butterfly

Escuchemos esta "tragedia japonesa" que condensa toda la ingenuidad, el amor y el sacrificio de las heroínas de la historia de la ópera, junto a una partitura que contribuye a exaltar el drama escénico. Dejémonos tocar las fibras más íntimas del sentimiento humano. Abramos nuestros corazones a Madama Butterfly, quizá, como género humano, aún tengamos solución si somos capaces de dejarnos enternecer ante el triste sino de esta mariposa clavada en el alfiler del egoísmo.

13 feb. 2015

La Melodía Infinita

Richard Wagner
Munich, 10 de junio de 1865. En el Nationaltheater (Teatro Nacional), bajo la batuta de Hans von Bülow y tras interminables ensayos, por fin va a tener lugar el estreno de la Ópera que va a cambiarlo todo en la Historia de la Música: Tristán e Isolda. Su autor, Richard Wagner, que tenía su "Eine Handlung" (drama musical) terminado desde principios de año, está inquieto. La obra, que se iba a estrenar el 15 de mayo, tuvo que suspenderse ya que Malwina Schnorr, la soprano elegida para interpretar el papel de Isolda, se quedó afónica ese mismo día. Además, el ambiente que le rodea se encuentra enrarecido. Se le vigila con lupa. Los ministros y la familia del rey Luis II de Baviera, están en contra de él y de sus amigos en cohorte que, dicen, viven de manera privilegiada a costa de la protección real; y hasta el mismo pueblo, junto con la prensa, claman contra la que consideran una “invasión de oportunistas”. En la cabeza de nuestro compositor, aún resuenan las palabras que le escribiera a Listz, años atrás: «Puesto que nunca en mi vida he gozado de la verdadera dicha del amor, quiero construir un monumento a ese sueño, el más bello de todos, un monumento donde el amor se sacie desde el comienzo hasta el final: tengo en la cabeza un Tristán e Isolda en proyecto...» Eso fue a mediados de diciembre de 1854. Tres años después, él, que había interrumpido la gigantesca tetralogía de los Nibelungos para comenzar a ocuparse de Tristán, en esos momentos, su afirmación de que «nunca había gozado de la verdadera dicha del amor» ya no era cierta; había entrado en su vida Mathilde Wesendonck, la verdadera motivadora de su drama musical, su musa. Ahora, ha llegado el momento de dar a conocer su obra y para este día histórico, además de contar con la participación de la ya recuperada soprano Malwina Schnorr, para el papel de Tristán, ha escogido al gran tenor Ludwig Schnorr von Carolsfeld, que viene de cantar un inolvidable Tannhäuser en dos representaciones dadas en febrero de ese mismo año. 
Comienza a llenarse el Nationaltheater. Llegan personalidades venidas de todas partes. Los Wesendonk, no están presentes entre el público; Matilde, no ha querido verse “dibujada” como Isolda sobre el escenario. Luis II asiste a la representación desde su palco real. La expectación es enorme. 
Da comienzo el drama. Después del magnífico Preludio, se levanta el telón. A bordo de un barco que viaja desde Irlanda a Cornwall, una voz de marinero resuena desde las jarcias… 

Tristan e Isolda

Casi cuatro horas después, ha finalizado la función. Wagner, con lágrimas en los ojos, felicita a todos y cada uno de los participantes en la misma. Mención especial merecen los Schnorr que han estado brillantes, bajo la batuta de un von Bülow muy expresivo y convincente. Los saludos se hacen interminables. El público, abandona el teatro muy conmovido. La crítica, está desconcertada y carente de elementos para juzgar una música tan distinta a todo lo escuchado hasta el momento. La polémica, como siempre que se trata de Wagner, se desata con virulencia. Tres semanas después del estreno, fallecería Ludwig Schnorr y los adversarios de Wagner, aprovecharían esta circunstancia para atribuir la muerte del gran tenor al tremendo esfuerzo realizado en el estreno de Tristán. Pero eso es otra historia...
Ahora, nos toca disfrutar de esta leyenda atemporal, empaparnos con esta melodía infinita y admirar una de las creaciones más sublimes del espíritu humano. No tratéis de entenderla con el pensamiento, porque esta experiencia vital, no brotó de la cabeza de su autor, surgió directamente del corazón y del sentimiento más puro que pueda existir, del Amor.

3 feb. 2015

Un Genio llamado Mendelssohn

Felix Mendelssohn
"Esta pieza debe tocarse en un estilo sinfónico. Los pianos y los fortes se respetarán rigurosamente y serán más enfatizados que de ordinario en piezas de este carácter”.
Así se expresaba Felix Mendelssohn al referirse a su Octeto para cuerdas, una de sus obras camerísticas más apreciadas, considerada superior a sus cuartetos o a sus sonatas a dúo. 
Esta obra maestra, considerada un hito en la música de cámara de la primera mitad del siglo XIX, fue escrita en 1825, cuando nuestro compositor sólo tenía 16 años y después de su viaje a París, en el gran parque de la residencia de los Mendelssohn, donde también fue concebida su obertura para el "Sueño de una noche de verano". 
El Octeto constituyó un regalo de cumpleaños que Felix ofreció a su amigo Eduard Rietz. Lo escribió para doble cuarteto de cuerdas, esto es, 4 violines, 2 violas y 2 violonchelos. Si bien otros compositores, como su contemporáneo Spohr, utilizan este tipo de formación como dos grupos iguales que dialogan, en el caso de Mendelssohn, encontramos ocho instrumentos independientes, entre los que se reparten los temas de manera variada.

     Octeto en Mi bemol mayor, Op. 20
1. Allegro Moderato Ma Con Fuoco 14:24
2. Andante - Allegretto Tranquillo - Andante 07:21
3. Scherzo: Allegro Leggierissimo 04:43
4. Presto 06:32
      
El tema ascendente con el que se inicia el primer movimiento, escrito en forma sonata, establece la energía que va a conducir toda la obra. En el Andante, de tonalidades predominantemente claras, se perciben algunos momentos teñidos con colores más intensos. El Scherzo nos adelanta la presencia de las hadas y duendes traviesos que aparecerán, posteriormente, en su Sueño de una noche de verano, mientras que el final, Presto, con sus secciones alternadas de escritura contrapuntística y homofonía ilustra la forma en que el arte de Mendelssohn, quien más adelante sería el principal promotor del redescubrimiento de Bach, pudo empaparse con el de su ilustre predecesor.
Hans von Bülow afirmó que Mendelssohn comenzó su carrera siendo genio. Completamente de acuerdo con esta afirmación, sólo nos queda disfrutar de esta obra llena de ardor juvenil, espontaneidad, belleza y mesura, dejándonos llevar por sus hermosas melodías y admirando la originalidad de su instrumentación.