13 feb. 2015

La Melodía Infinita

Richard Wagner
Munich, 10 de junio de 1865. En el Nationaltheater (Teatro Nacional), bajo la batuta de Hans von Bülow y tras interminables ensayos, por fin va a tener lugar el estreno de la Ópera que va a cambiarlo todo en la Historia de la Música: Tristán e Isolda. Su autor, Richard Wagner, que tenía su "Eine Handlung" (drama musical) terminado desde principios de año, está inquieto. La obra, que se iba a estrenar el 15 de mayo, tuvo que suspenderse ya que Malwina Schnorr, la soprano elegida para interpretar el papel de Isolda, se quedó afónica ese mismo día. Además, el ambiente que le rodea se encuentra enrarecido. Se le vigila con lupa. Los ministros y la familia del rey Luis II de Baviera, están en contra de él y de sus amigos en cohorte que, dicen, viven de manera privilegiada a costa de la protección real; y hasta el mismo pueblo, junto con la prensa, claman contra la que consideran una “invasión de oportunistas”. En la cabeza de nuestro compositor, aún resuenan las palabras que le escribiera a Listz, años atrás: «Puesto que nunca en mi vida he gozado de la verdadera dicha del amor, quiero construir un monumento a ese sueño, el más bello de todos, un monumento donde el amor se sacie desde el comienzo hasta el final: tengo en la cabeza un Tristán e Isolda en proyecto...» Eso fue a mediados de diciembre de 1854. Tres años después, él, que había interrumpido la gigantesca tetralogía de los Nibelungos para comenzar a ocuparse de Tristán, en esos momentos, su afirmación de que «nunca había gozado de la verdadera dicha del amor» ya no era cierta; había entrado en su vida Mathilde Wesendonck, la verdadera motivadora de su drama musical, su musa. Ahora, ha llegado el momento de dar a conocer su obra y para este día histórico, además de contar con la participación de la ya recuperada soprano Malwina Schnorr, para el papel de Tristán, ha escogido al gran tenor Ludwig Schnorr von Carolsfeld, que viene de cantar un inolvidable Tannhäuser en dos representaciones dadas en febrero de ese mismo año. 
Comienza a llenarse el Nationaltheater. Llegan personalidades venidas de todas partes. Los Wesendonk, no están presentes entre el público; Matilde, no ha querido verse “dibujada” como Isolda sobre el escenario. Luis II asiste a la representación desde su palco real. La expectación es enorme. 
Da comienzo el drama. Después del magnífico Preludio, se levanta el telón. A bordo de un barco que viaja desde Irlanda a Cornwall, una voz de marinero resuena desde las jarcias… 

Tristan e Isolda

Casi cuatro horas después, ha finalizado la función. Wagner, con lágrimas en los ojos, felicita a todos y cada uno de los participantes en la misma. Mención especial merecen los Schnorr que han estado brillantes, bajo la batuta de un von Bülow muy expresivo y convincente. Los saludos se hacen interminables. El público, abandona el teatro muy conmovido. La crítica, está desconcertada y carente de elementos para juzgar una música tan distinta a todo lo escuchado hasta el momento. La polémica, como siempre que se trata de Wagner, se desata con virulencia. Tres semanas después del estreno, fallecería Ludwig Schnorr y los adversarios de Wagner, aprovecharían esta circunstancia para atribuir la muerte del gran tenor al tremendo esfuerzo realizado en el estreno de Tristán. Pero eso es otra historia...
Ahora, nos toca disfrutar de esta leyenda atemporal, empaparnos con esta melodía infinita y admirar una de las creaciones más sublimes del espíritu humano. No tratéis de entenderla con el pensamiento, porque esta experiencia vital, no brotó de la cabeza de su autor, surgió directamente del corazón y del sentimiento más puro que pueda existir, del Amor.